Bajo el signo de Marte
Feb 3rd, 2010 | By Javier Moro | Category: ReseñasFritz Zorn
Edit Anagrama.
Por Javier Moro
La primera impresión que uno tiene al terminar de leer Bajo el signo de Marte del joven suizo Fritz Zorn (Anagrama, 2009) es la de tristeza, una tristeza desencantada que nace a partir del desencanto y la furia que permea las páginas de este libro, que se encuentra a caballo entre la autobiografía y la novela.
Fritz Zorn fue un joven suizo de buena familia de Zurich, hijo modelo de la burguesía protestante y profesor de Lenguas Hispánicas en un colegio de la ciudad, decide escribir este libro a los 32 años, cuando enfermo de cáncer decide enfrentarse por primera vez con los demonios que han dominado toda su vida.
Incapaz para mostrar sentimientos, más allá de una fría cordialidad, el autor creció en una familia disfuncional, como muchas, en las que lo importante es simplemente guardar las apariencias, ser “los más normal posible”. Nada tan sencillo como eso.
Educado para guardar las apariencias, el joven Fritz vive en un ambiente completamente higiénico en donde lo mejor es no hablar de los problemas, no discutir, no disentir. Lo mejor siempre es soslayar los probables puntos de discusión de discordia. No hablar de la realidad para evadir las cosas feas o “complicadas” de la misma. El silencio como muro de defensa contra todo aquello que pueda ser considerada como una amenaza en contra de la vida cotidiana de una familia modelo.
Fritz pasaría así buena parte de su juventud: en un constante silencio, incapaz de desarrollar y tener opiniones propias, incapaz de desarrollar una personalidad que lo diferenciará y lo distanciará de los demás, de sus padres en primer lugar, y del entorno familiar y social en el que había nacido y crecido.
Joven sin intenciones, sin ímpetu, Fritz terminaría por desarrollar una profunda depresión que no lo abandonaría por el resto de su vida, por lo cuál acudiría con un psicoanalista para entrar en terapia y conocer las raíces profundas de esa tristeza que embargaba toda su vida y que le impedía moverse, avanzar hacia algún objetivo claro y definido.
Sin embargo la tragedia cortaría de tajo estos intentos de avance del escritor suizo, quién se enteraría por esos días de estar aquejado de cáncer, enfermedad que avanzaba sigilosa por su cuerpo, debilitando cada día más.
Así el joven suizo de buena familia enseñando a comportarse de la manera más normal posible se enfrenta por fin cara a cara con esas cosas que en su casa le habían enseñado a callar, con las cosas “complicadas” de la vida, con la tragedia y la muerte.
Es como Fritz decide cambiarse el apellido, para bautizarse así mismo como Fritz Zorn, (que en alemán significa rabia) y escribir su historia, para encontrar en la escritura las huellas silenciosas de las enfermedades que lo aquejaban. Pues para el autor de este libro, mitad novela, mitad autobiografía, el cáncer es resultado directo de la educación recibida en su casa durante su infancia.
Para ello no duda en presentar al lector su vida como un caso específico de enfermedad psicológica. Una enfermedad desarrollada a partir de la imposibilidad de conocer a profundidad sus más profundos sentimientos: “Todas las lágrimas que no lloré se me concentraron en el cuerpo”, nos dice el autor en la primera parte del libro, en donde nos habla de sus años infantiles y juveniles, y recuerda con claridad que dentro del entorno familiar, mostrado aquí como un grupo de seres que se afanaban en buscar el aislamiento con respecto al resto de la sociedad, no se hablaba de ciertos temas, que se deban por senado: la pobreza, el dolor, el sexo, eran temas que era mejor dejarlos de lado. Primero porque era muy pronto para hablar de ellos. Después porque era demasiado tarde para hablar de ellos. Simplemente no había momento para discutirlos con claridad, no existía ese momento de intimidad entre padres e hijos en los que se pudiera hablar con confianza sobre algo.
El silencio como muro protector.
Pero es justamente ese silencio, esa incapacidad de hablar, de comunicarse, de relacionarse con los demás, lo que desencadenará las enfermedades, tanto mental, como física que lo aquejarán a lo largo de su corta vida y que terminarían por llevarlo a la muerte prematuramente.
Silencio que se extendería como un manto opresor a todos los rasgos de la vida cotidiana del autor: en la escuela solo pasaría por ser un alumno mediano, gris, al cual ninguno de sus maestros podrían recordar con claridad.
Aislamiento y silencio, son los dos vértices que dirigen la vida de este joven que decide entrar a la universidad, en donde simplemente se relaciona con muy ocas personas y siempre desde una cierta reserva, que no le permite entablar relaciones humanas sinceras y cercanas. Lo que tiene el autor son relaciones cortas, esporádicas, que lo dejan aún más solo y aislado. Se puede decir que la muerte lo ronda sin que él se haya dado cuenta.
Sin embargo esto es la parte formal, la parte esencial del libro, el alma, podemos decir, sin embargo existe en el libro otra parte la parte simbólica, la parte figurativa, que esta construida a partir de la rabia, el odio acumulado en el interior del personaje, del autor, que explota por fin, resuelto a borrar de una ve con todo ese pasado que lo ha mantenido maniatado, atrapado dentro de un cuarto oscuro y silencioso, del cuál el autor decide escapar.
Pero ese escapar significa abrirse al mundo, conocerlo, vivirlo. Porque eso es precisamente lo que Fritz Zorn no había hecho: vivir, atreverse a vivir, a sufrir y a gozar.
Alejado de todo contacto con el mundo, el narrador se encerró dentro de un mundo de cristal, oscurecido por los prejuicios y el miedo, en donde simplemente no pasa nada.
Una vida vacía y sin embargo, una vida que ansía el contacto con los otros, una vida que necesítale contacto con los otros para llegar a ser algo más que el simple movimiento de la respiración.
La rabia es el combustible que acelera este movimiento, que incendia este vida que empieza, por fin, a contradecir todo lo que se esperaba de ella. El narrador, necesita la luz, el aire, los espacios abiertos. Y reniega de su pasado, de su educación, de su familia. Sin embargo el destino le tenía una mala broma reservada: el cáncer.
Sin embargo es precisamente en esta lucha final de donde sale la fortaleza de un libro, que por otro lado parece no contarnos mucho: es un caso clínico, una muestra de los desordenes psicológicos del narrador. Sin embrago también es una crítica brutal a las sociedades occidentales contemporáneas vacías de sentido y llenas de un materialismo tan histérico como inútil.
Porque al final de cuentas lo que el autor de este libro que se encuentra a caballo entre la novela y la autobiografía nos retrata es a una sociedad enferma: enferma de riquezas, de acumulación. Una sociedad en la que sus hijos más probos mueren de aburrimiento, de cáncer, de tristeza. Una sociedad que se suicida día a día.
La rabia es lo que salva al autor: rabia por haber desperdiciado su vida, por la imposibilidad, heredada de una educación burguesa, de demostrar un sentimiento que vaya más allá de la simple sonrisa educada o de la atención esmerada a los invitados a la cena en la casa.
Educación puritana que por supuesto termina por excluir en definitiva a la sexualidad, por considerar que hablar de ella o mencionarla siquiera resulta innecesario: primero sé es muy pequeño para entenderla, después se “supone” que en la escuela ya te hablaron de ella, así que en casa ya no es necesario hacerlo. Se supone que todo el mundo la conoce, entonces para que hablar o mencionarla: es sucia y debe quedarse en secreto.
Educación burguesa construida para perpetuar los valores de clase, los valores de una sociedad “bien educada y respetuosa de los valores sociales”.
Zorn hace el retrato de una sociedad enferma desde los tuétanos, al hablarnos de la enfermedad que lo carcome por dentro, poniéndose así mismo como ejemplo de esta decadencia social, puesto que el autor considera a su enfermedad resultado del cáncer que carcome a toda la sociedad en su conjunto.
Educado para aparentar más que para sentir, Zorn piensa que todos los sentimientos y sufrimientos reprimidos a lo largo de su vida, terminarían materializándose en forma del cáncer que terminaría por arrebatarle la vida a los treinta y dos años de edad.
Bajo el signo de Marte es un libro punzante, furioso, que desnuda sin cortapisas lo enferma de una sociedad occidental, que equivocó el rumbo hace mucho, y que sin embargo se aferra a defender sus “valores” con tanto fanatismo como lo hacen los atacantes suicidas.
La conclusión sería entonces, que la sociedad occidental simplemente ha decidido morir, enferma de sus propios valores y decisiones. Nada halagüeño, es cierto. Nada dramático. Pero igual de efectivo.
