Retazos
Dec 27th, 2009 | By Javier Moro | Category: Crónicas2
De mi abuelo solo guardo leves recuerdos. Para ser sinceros, sólo dos. El primero es una fotografía en las que estamos los dos juntos: Él es un hombre mayor, de tez blanca, pelo chino totalmente encanecido. Viste una camisa blanca, desabotonada en el pecho y unos pantalones negros. Tiene la piel tostada por el sol, los ojos pequeños y va descalzo, mientras que yo visto un pequeño conjunto azul y miro fijamente a la cámara. Tengo el mismo cabello crespo que el de mi abuelo y estoy sentado en sus piernas.
Al fondo se puede ver parte del beneficiadero de café y un par de gallinas. Era un día soleado.
El otro recuerdo también es en un día soleado. Por la mañana. Mi abuela me viste apuradamente con el mejor traje que tengo; un traje gris y una camisa azul y me sube con ella en la camioneta de la familia.
Viajamos en silencio y mientras recorremos el camino hacia el pueblo, vamos recogiendo personas que se suben en la parte de atrás de la camioneta de redilas color naranja que mi tío Gustavo maneja. Algunos le dicen algunas palabras a mi abuela antes de subirse, otras simplemente le estrechan la mano en silencio.
Al llegar a la casa que mi familia tenía en el pueblo, algunas personas se acercarón hasta la camioneta y ayudan a bajar a mi abuela de ella. Algunas le estrechan la manos, otras más la abrazaba, algunas le dan el pésame. En medio de la gente me aferro a la mano huesuda de mi abuela: no quiero quedarme ahí y perderme.
Una vez que entró en la casa mi tía Luisa se acerca hasta mí y me toma de la mano. Me lleva hasta el patio en donde hay más gente: algunos sentados PERO la mayoría de pie, con SUS sombreros en la mano. Gente humilde, señoras con vestidos negros de tela delgada, señores de pelo blanco y manos callosas.
Mi tía me llevó de la mano hasta la sala de la casa: un salón amplio, bien iluminado, con una ventana que daba a la calle. Ahí, en medio de la sala, estaba mi abuelo, recostado en un cajón de color gris perla. Alguién me tomó de la cintura y me levantó en vilo. Alguién me susurró al oído que me despidiera de mi abuelo. Alguién tomó una de mis mnos y la llevó hasta su cara.
Él parecía dormir plácidamente.
De lo demás que sucedió ese día no me acuerdo, solo hasta el final, cuando en el cementerio, al final de la ceremonia, de entre la gente reunida apareció mi madre.
Había volado desde México, pero no había alcanzado a llegar a darle el último adiós a su padre.
Yo me aferré a ella, a su falda negra. Y empecé a llorar.